El número de Samuel volvía a aparecer en su identificador de llamadas. Ya era la séptima vez que la llamaba aquella semana y aún era martes. Todavía no sabía para qué lo hacía tantas veces, cuando ella ni siquiera alcanzaba a decir "¿Sí?" desde el otro lado de la línea él colgaba, dejándola perpleja. Se quedó inmóvil durante unos momentos, ignorando el molesto pitido que su teléfono móvil producía. Vaciló unos momentos, antes de reaccionar y responder al aparato. -¿Qué es lo que quieres, Sam?-interrogó, creyendo que no llegaría a acabar la frase antes de que él colgara, pero se equivocó.
-Yo...La chica se sorprendió al oír su voz, no dudó en contestarle al instante:
-¿Tú qué?-dijo enfadada.-¡Llevas llamándome desde ayer y siempre cuelgas! ¿Qué te pasa? Acaso... ¿Estás arrepentido de...
-¡Jamás me arrepentiría de eso!-la interrumpió dejandola sin habla.-¿Tu sí o que?
-Sabes que no...-agradeció no estar cara a cara con el muchacho, ya que se estaba sonrojando levemente.-Bueno, ¿qué querías decirme?
"Pí-pí". De nuevo lo mismo, él la había colgado. Posó su celular en una mesa de cristal que se encontraba cerca de ella y se tapó la cara con ambas manos. <<¿Qué querrá decirme?>>, pensó.
-¡Kayleigh!-se oyó en un piso superior.
-¡Ya voy, mamá!-gritó ella. Se tiró al sofá del salón que, durante muchos años, perteneció a su hogar. El fuego ardía en la chimenea y ella lo observaba recordando los acontecimientos de aquel día. Dos lágrimas amenazaban con salir de sus ojos.
-Asqueroso cobarde...
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Un trueno se oyó en el exterior y ella despertó. Eran las tres de la madrugada, jamás se despertaba tan temprano para luego no dormir más, pero esa vez fue diferente. Se asomó a la ventana y observó como la lluvia caía fuertemente. Volteó la cabeza y divisó una foto colgada mediante una chincheta en un corcho. Ella sonreía a la cámara, tenía no más de siete u ocho años y estaba abrazada por un niño castaño de más o menos su edad. Se les veía tan felices. Kayleigh se acordó del "incidente" que había compartido con él hace unos pocos días y decidió ir a visitarlo. Tenían que hablar. Él era su mejor amigo y las cosas no podían quedar así. Acercó su mano lentamente a la fotografía y acarició la imagen del rostro de su amigo con sumo cuidado.
-Sam...
Salió al jardín de su casa y, cuando ya estuvo allí, se dirigió hacia la vivienda del chico.
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Pizza de jamón, bacon y queso. Realmente sabrosa, su plato preferido sin dudarlo. Su padre se había ido hacía ya varias horas y él sabía que no volvería hasta el mediodía del día siguiente, por lo menos, y borracho, como siempre. Le pegó un mordisco a su trozo de pizza, sacó la cartera de su bolsillo y se quedó mirando una foto de su madre. Todavía no sabía porqué seguía teniendo aquella imágen ahí, ya que ella le había abandonado cuando él aún tenía cinco años de edad y su padre prefería ir de bares con los amigos antes que estar con él y educarlo. La verdad, eso no había cambiado mucho, por no decir nada. Notó como alguien se aproximaba a su casa y se volteó para mirar por la ventana. Una visita a esas horas solo significaba una cosa: Kayleigh.
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Una pelirroja se adentró en el jardín de una casa. La puerta siempre estaba abierta, sin excepciones. No tardó en llegar frente a la puerta de entrada y estar golpeando suavemente la puerta con sus nudillos. Nadie abrió. Tocó de nuevo y lo mismo. Llamó al timbre. Nada.
-Maldito...-murmuró.-Me está ignorando... Estúpido...-siguió insistiendo, los golpes que daba cada vez eran más violentos y sus llamadas al timbre más constantes y largas.
-¡Abreme Sam!-gritó enfurecida mientras aporreaba de nuevo la puerta con todas sus fuerzas.
-¡Eres un niñato cobarde!-se dispuso a golpear la puerta nuevamente cuando esta fue abierta. Kayleigh entró al interior de la casa con rapidez cerrando la puerta a sus espaldas.
-Por fin te decides a abrirme...-murmuró mirando a su alrededor para encontrar a Samuel. Nada. Estaba sola.
-Genial...-ironizó ella.-Ahora te escondes...
Registró cada rincón del primer piso y, nada más confirmar sus sospechas, subió a la segunda planta, donde creyó encontrar a su amigo, bueno, o por lo menos al que un día fue su amigo.
-¿Sam?
Entró en el dormitorio del chico esperando verle allí tumbado encima de la cama recibiendola con los brazos abiertos, o escondido debajo de esta como un miserable cobarde, o al borde de la ventana diciendo que se suicidaría para intentar llamar su atención. Se equivocó, la habitación estaba desierta.
-Esto no va a quedar así...-acto seguido comenzó a deshacer su cama tirando las sábanas por el cuarto, agarró sus libros por las delicadas páginas repletas de diversas letras y los lanzó por los aires transformandolos en miseros trocitos de papel exparcidos por la habitación, arrancó sus cortinas, rasgo su ropa y rompió sus fotos. Destrozó todo hasta hacer que el cuarto del castaño se asemejara más a un vertedero que a un dormitorio. Tomó aire intentando calmarse para evitar que otra locura como aquella floreciera y se convirtiera en un hecho real.
Se dispusó a marcharse cuando una mano que apenas tenía fuerzas se posó en su hombro impidiéndola seguir con su camino. La ignoró pensando que algo tan miserable y débil como aquello no la dejara marchar. Pensó mal. La mano parecía no tener fuerzas ni para levantar una diminuta miga de pan, pero era capaz de retener a Kayleigh en el lugar en el que se encontraba sin dejarla si quiera moverse un poco.
La muchacha intentó escapar por todas las maneras posibles a sabiendas de que ni un solo músculo de su cuerpo, que parecía volverse más delgado a cada instante, podía moverse.
Sintió una debilidad en su cuerpo increíble y notó como su figura humana moría, quedándose con una fina capa de piel y huesos.
La mano la soltó y ella cayó al vacío donde antes recordaba haber visto un duro suelo de madera barnizada.
Su corazón ya no latía, pero ella no pareció percatarse.
La habitación de Samuel volvió a la normalidad y pausados pasos se escucharon aproximándose a ella.
-¿Hay alguien ahí?-preguntó el chico extrañado. Por lógica, no obtuvo respuesta alguna.
-Esto es muy raro...
Nada más salir por la puerta algo absorvió su solido cuerpo haciendolo desaparecer. Un par de papeles quemados cayeron de la nada. Ambos compartían el mismo símbolo:
Justo en el instante en el que rozaron la superficie un aullido se oyó a lo lejos, como algo automatico. Nada iría bien a partir de aquel día...